9/3/2012

Y tú… ¿por qué corres?

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Ayer salí a correr. Llevaba tiempo sin entrenar la carrera por varias historias personales, buenas por supuesto, pero que me tuvieron lo suficientemente ocupado como para no poder dedicarme todo lo que acostumbraba hasta el momento. Noté que había perdido forma. También noté que se me subían más las pulsaciones y que llevaba la respiración más forzada, pero no me importó.

Sabía que no iba a ser un entrenamiento de calidad, a si que decidí dejar el pulsómetro y el GPS en casa y salir sin cronómetro. Por sensaciones.

Nada más empezar, mi cuerpo me pidió marcha. Aceleré y me puse a un ritmo muy bueno. No se cuál, no importaba, pero era rápido. Y me gustaba. Notaba el aire en la cara, las pulsaciones, mi respiración… iba fuerte… Aunque claro, con la falta de entrenamiento, rápido tuve que aflojar, pero insisto… no me importó.

Ya alejado de la ciudad llegué a mi parque. No se oían ya ruidos de coches. La tarde estaba cayendo, pero todavía se percibían unos ligeros rayos de sol que calentaban suavemente la cara.

Llegué a una pista ancha, y me permití el lujo de cerrar los ojos durante unos cuantos segundos para sentir más todo lo que me rodeaba. Sólo oía mis zapatillas contra la gravilla del suelo. Mi respiración acompañaba a ese sonido. Y me gustaba… mucho. Además, los rayos de sol que antes calentaban se estaban ocultando dejando un fondo precioso de tonos anaranjados.

Ayer no corrí para entrenar el Ironman de Lanzarote, ni el de Gales, ni para estar en forma, ni para adelgazar… Ayer corrí porque me gusta y me apetecía volver a sentir todo eso que empezaba a olvidar…

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